Debe ser entendido que el único propósito de cada ejemplar (ser) que integra el colectivo que se ha llamado “vida”, es el de llevar a cabo una serie de procedimientos vinculados, en mayor o menor grado, a interacciones sexuales directas o indirectas que tienen como finalidad general el propagarse para perseverar como especie.
Para sobrevivir, estos seres deben combatir, a veces, y colaborar, otras veces, con el resto de especies que conforman el contexto. Para esto es indispensable la adaptación al entorno que implica concesiones y beneficios que someten a cada individuo a lo largo de toda su vida. Cuando estas adaptaciones aportan a la sustentación del individuo, el mismo tiene más posibilidades de reproducción y, por lo tanto, disipa estas características beneficiosas a su descendencia. Los seres que no se desenvuelven correctamente en su entorno, tienen menor probabilidad de reproducción y no obtienen descendencia. Ese es el principio de “selección natural”. Por lo tanto, los individuos que están mejor equipados para responder a su entorno son los que perseveran y es así como se propagan las características que benefician a la especie en el contexto dado.
Dicho esto, puede entenderse a la evolución como un vector que transita una dimensión temporal, propulsado por el fenómeno de selección natural.
Se ha establecido que el fin de todo ser es el de la supervivencia, y a escala de especie, la expansión poblacional. En este sistema de reglas que responden a las órbitas biológicas y químicas, la naturaleza ha encontrado en la réplica genética el mecanismo a través del cual logra la multiplicación y consecuente “preservación” del genoma, que ampliando la escala temporal no es de ninguna manera “preservación” ya que el sistema funciona en base a los cambios que ayudan al individuo a desarrollar su ciclo de vida.