domingo, 10 de febrero de 2019

Pensamientos Sin Título (6)


Debe ser entendido que el único propósito de cada ejemplar (ser) que integra el colectivo que se ha llamado “vida”, es el de llevar a cabo una serie de procedimientos vinculados, en mayor o menor grado, a interacciones sexuales directas o indirectas que tienen como finalidad general el propagarse para perseverar como especie.

Para sobrevivir, estos seres deben combatir, a veces, y colaborar, otras veces, con el resto de especies que conforman el contexto. Para esto es indispensable la adaptación al entorno que implica concesiones y beneficios que someten a cada individuo a lo largo de toda su vida. Cuando estas adaptaciones aportan a la sustentación del individuo, el mismo tiene más posibilidades de reproducción y, por lo tanto, disipa estas características beneficiosas a su descendencia. Los seres que no se desenvuelven correctamente en su entorno, tienen menor probabilidad de reproducción y no obtienen descendencia. Ese es el principio de “selección natural”. Por lo tanto, los individuos que están mejor equipados para responder a su entorno son los que perseveran y es así como se propagan las características que benefician a la especie en el contexto dado.

Dicho esto, puede entenderse a la evolución como un vector que transita una dimensión temporal, propulsado por el fenómeno de selección natural.

Se ha establecido que el fin de todo ser es el de la supervivencia, y a escala de especie, la expansión poblacional. En este sistema de reglas que responden a las órbitas biológicas y químicas, la naturaleza ha encontrado en la réplica genética el mecanismo a través del cual logra la multiplicación y consecuente “preservación” del genoma, que ampliando la escala temporal no es de ninguna manera “preservación” ya que el sistema funciona en base a los cambios que ayudan al individuo a desarrollar su ciclo de vida.